Doscientos cuarenta días de aventura.

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Todo comenzó una fría noche de invierno, en la que la luna apenas se dejaba ver. Un invierno que transcurría como otro cualquiera, salvo una entrañable diferencia, aquella noche, rodeados por la multitud, sucedería.

Y sucedió. Sucedió aquello que nunca hubiese esperado, quizás ni en mis mejores sueños, pero sí había imaginado, una y tantas veces.

Sucedió al amanecer, de ahí, hasta el último anochecer… a su lado.

Doscientos cuarenta días de aventura. 

Muchos días, tantos que han aflorado sentimientos dentro de mi ser. Tantos sentimientos como sensaciones, sensaciones de felicidad, de incertidumbre, de inseguridad, pero, sobre todo, sensación de bienestar. Sí, bienestar, bienestar de sentirme una mujer libre, bienestar de poder volar, aun que mis alas estén atadas, bienestar por tantas cosas, en especial, por sentirme así por él, con él.

Y, es por esto, que le otorgo a él la palabra ‘perfección‘, por esta insólita mezcla de sentimientos y sensaciones que provoca en mi; incluso ahora.

Ocho meses es el periodo de tiempo que ha transcurrido, ocho meses llenos de secretas aventuras, de romances, de pasión.

Meses de cama, meses de coche, meses de frío, meses de calor, de calor de un verano diferente, distinto a los demás. De un verano en el que nada me gustaba más que acabar la semana juntos, en su coche.

Noches, noches de verano, madrugadas, amaneceres juntos, solos, desnudos, en el coche, fundiéndonos en caricias, besos, sexo. Noches mirando a las estrellas, a la luna, pero lo que él no sabía es que no me hacía falta mirarlas a ellas, pues lo tenía a él, en la oscuridad, rozándole el reflejo de la luna en la cara, dejando al descubierto su mirada de felicidad, de plenitud, esa mirada que tanto me completaba. Aquella noche, la luna nos acompañó, aquella noche fue nuestra noche. Apoyada mi cabeza sobre sus piernas, me comentaba teorías sobre las estrellas, ojalá hubiera sido capaz de decirle que del caos nacen las estrellas… así pasaban las horas, haciéndome más sabia, mientras apartaba aquel mechón de pelo de mi cara, acariciándomela, mirándome con plenitud, mientras , inconscientemente, se le escapaba algún beso en mi frente. Pero ésta vez eran unos besos diferentes, eran besos de verdad. Provocándome escalofríos en cada poro de mi piel, incluso ahora.

Así pasaron las horas, las semanas, los meses, pero aquí estaré;

siempre.